Tamborrada

Como todos los años desde hace ya unos cuantos, la clásica tamborrada -o tamborada- marca el preludio del punto y final de nuestro itinerario por las iglesias y estaciones de la Pasión, a falta sólo del gran concierto de clausura de Soeur Marie Keyrouz. La música sale del sitio de culto para abrirse a toda la ciudad con un pasacalles de medio centenar de repicantes y tamboreros que hace retumbar los muros de la villa y sus interiores. En 2019 el acto viste más orgulloso la túnica, puesto que el año pasado la tamborrada de Calanda fue declarada por la UNESCO Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad. Pero ya sea maña o manchega, vasca o turolense -de Teruel, por cierto, viene el rito-, la catarsis que es el redoble de barriles, tambores, bombos y timbales (portados en esta ocasión por la Cofradía Jesús de la Humillación, María Santísima de la Amargura y San Felipe y Santiago el Menor de Zaragoza) es la misma: el júbilo descargado sobre la piel que produce ese efecto de pertenencia y mancomunidad sellado por la contundencia de los músicos procesionarios. El paso, como es tradición, arranca en el Monasterio de las Carboneras de la Plaza Conde de Miranda y tira por la Plaza de la Villa hasta desembocar en la Plaza Mayor, donde la tronada rompe el último silencio.